Crazy, Stupid, Love, EE.UU. 2011

Bienvenidos a la mejor comedia romántica del año, firmada por Glenn Ficarra y John Requa, directores de la única película interesante protagonizada por Jim Carrey en los últimos años, Phillip Morris, te quiero (2009). Ambos tuvieron enormes problemas para financiar y estrenar su primer film en EE.UU. pero se han tomado una revancha digna de tal nombre. La película ha sido un éxito de crítica y público, y si la Academia aparta su recurrente fobia a las comedias, puede convertirse en la sorpresa de las nominaciones a los Oscar 2012.

Una comedia que se aleja del lado escatológico, recurso habitual de los últimos productos destinados más a un público adolescente, para adentrarse en el ámbito adulto de las salas de cine. Un casting alucinante en que Julianne Moore y Steve Carrel, en matrimonio cuarentón con problemas sentimentales, bordan sus papeles rodeados de un conjunto de perfectos secundarios (Emma Stone, Kevin Bacon y Analeigh Tipton -en un primer papel de canguro que por su delicadeza y presencia, promete y mucho…).

Marisa Tomei ha sabido engalanar su rol de profesora con un toque de locura, tan acorde con el personaje, que puede que roce la nominación a mejor actriz secundaria, si no cae literalmente dentro.

Mención aparte merece Ryan Gosling. Alejado por primera vez de sus interpretaciones en el género que más ha frecuentado, el drama indie, muestra su lado “bad boy canalla con encanto” y el público mayoritario, por fin, descubre el nacimiento de un nuevo galán, que se mueve tan a gusto en la comedia como en el drama.

A este chico lo vamos a tener en pantalla todo el tiempo, próximamente en Drive y después en la próxima película de George Clooney. Este, sin duda, será su año como ya avanzamos en otra de sus películas pendiente de estreno, Blue Valentine.

Basada en la típica situación de la crisis de los cuarenta, por una vez desde la óptica de la mujer, este matrimonio atraviesa un momento difícil. Steve encuentra en Ryan un modelo para adaptarse a los nuevos tiempos. Una época basada en el consumo, las relaciones sin contenido y lo más breves posibles encarnada a la perfección por Ryan Gosling. Pero todo cansa…

Partiendo de esta historia tan banal los directores consiguen escenas irresistibles, un ritmo perfecto y tienen el buen gusto de obsequiarnos con un final alejado de los habituales cánones del cine americano. Una excelente comedia romántica, inteligente y muy divertida.

Se busca adolescente para salvar al mundo

Serguéi Eisenstein en una de sus publicaciones de 1944, sobre Dickens y Griffith, se maravillaba de la capacidad del cine americano para contar historias, “jugando con tanta seguridad y delicadeza sobre el carácter infantil de su público”. En todo adulto queda algo de un niño y la tendencia cinematográfica, en estos momentos, es retomar un subgénero tan americano como el western: el cine de adolescentes y monstruos.

Contando como precedentes inmediatos E.T., el Extraterrestre (1982) o Los Goonies (1985), se estrenan en las pantallas de medio mundo, como mínimo tres películas con argumentos similares. Si la americana Super 8 (2011) va más en la línea de palomitas y buenos sentimientos, la inglesa Attack the Block (2011), es más cerveza y porros, con unos adolescentes, hijos legítimos de Tarantino, que emplean en cada frase un “fuc**” como mínimo y no viven en barrios residenciales, en plan Wisteria Lane, sino en suburbios y torres de minúsculos apartamentos. Cómo cambian los tiempos.

La noruega Troll Hunter (2010) tiene la excelente idea de revivir su folclore y, en lugar de los extraterrestres fluorescentes que parecen salidos de un after de Ibiza, los monstruos son locales y tienen la ventaja de comprender el idioma. Un ejemplo a seguir por nuestros guionistas que están perdiendo una magnífica oportunidad de obtener un bombazo en taquilla. Me imagino una fallera en psicótica asesina o un toro sádico, en plenos Sanfermines, que no hay adolescente capaz de eliminarlo. Gracias a la magia del cine, el citado astado (en verano están permitidas las rimas fáciles) muere de un susto al cruzarse con Woody Allen en pleno rodaje de su próxima película, “Las ocho en punto de la mañana en Pamplona”.

En la historia del cine clásico, toda una parte de la serie B, repleta de monstruos venidos del espacio, tenían como fondo un rechazo al modelo comunista y el miedo a un ataque ruso durante la guerra fría. Los protagonistas que salvaban al mundo eran hombres, hechos y de derechas, sobre todo, acompañados de mujeres ideales, recién salidas de Mad Men (2007). El cine en los años 80 analiza que su público mayoritario está en plena adolescencia y cambia el afeitado perfecto de sus protagonistas por pomadas contra el acné juvenil. Estas pandillas nos han salvado de todo, excepto de la crisis económica. Nadie se atreve con ella. Propongo un argumento.

El niño de La semilla del diablo (1968), más malo que un plan del FMI para un país latinoamericano, decide desde su más tierna infancia estudiar finanzas internacionales. Sus padres, horrorizados como es de suponer, buscan desesperadamente un héroe para salvar a la humanidad. La elección es difícil dada la envergadura de la empresa pero lo han encontrado y ya se acerca… ¿Es un pájaro?, ¿es un avión? No. Es Heidi que tras la muerte de su abuelo, antiguo nazi exiliado en Suiza y con una enorme fortuna depositada en el paraíso fiscal más legal del planeta, ha abierto un reformatorio para futuros banqueros, ayudada por su inseparable Pedro que, tras un interesante curso de cocina con Hannibal Lecter, se encarga de la cantina. La lista de admisión es larga y pocos son los elegidos.

Tras una desintoxicación a base de hierbas aromáticas suizas y largos años de visionado diario, en formato Cinexin, de Qué verde era mi valle (1941), la transformación es radical. El planeta se ha salvado y el niño de la semilla del diablo se dedica ahora a luchar contra el calentamiento global. En su jet privado recorre el mundo predicando Una verdad  incómoda (2006) frente al desastre ecológico… Y colorín, colorado, por desgracia, este cuento no se ha acabado. Siempre hay un sinfín de segundas y terceras y cuartas partes y los protagonistas siempre somos los mismos. Lo único que cambia, como en la serie de James Bond, son los malos de la película.

Boxing Gym, EE.UU. 2010

No transcurre una semana sin que una nueva película trate directa o indirectamente el tema del boxeo. Quizás sea el simple reflejo de los duros tiempos que nos ha tocado vivir o una metáfora sobre la necesidad de estar en forma, y preparados para defendernos, contra los posibles ataques que sufriremos. Sin embargo debo reconozco que el boxeo es un sector que no atrae para nada mi atención, un deporte que pensaba destinado para gente problemática y una exhibición gratuita de la violencia, método que rechazo simple y llanamente.

Pero lo que caracteriza al cine invisible es la perpetua capacidad de sorpresa que encierra en su interior. Si un autor de este tipo de cine presenta una película sobre los peligros de la velocidad en el deambular de una variedad lituana de caracol, contaminado por la filosofía del cine invisible me ha costado bastante encontrar un asunto que no me interesase, acudiré al cine escéptico, pero no faltaré a la cita, y en la mayoría de las ocasiones mi escepticismo se transforma en entusiasmo dado que, por lo general, la elección de un tema difícil unido al talento crea obras excelentes. Un ejemplo reciente, Patricio Guzmán, en Nostalgia de la luz, utiliza la astronomía y los observatorios del desierto de Atacama para reflexionar sobre las víctimas de la dictadura chilena.

Con Boxing Gym me ha ocurrido lo mismo. Se trataba de la última realización de Frederick Wisemann, este jovenzuelo de 80 añitos, que ha pasado su vida abordando con inteligencia, humor y maestría todos los temas posibles e imaginables y del que, por fin, se había estrenado en España La danza. Aún así me arrastré al cine pensando, otra más de boxeo y esta vez documental, y una hora y media después el cine invisible cumplió su función.

Todos mis prejuicios habían desaparecido porque el autor me había mostrado la cara oculta de un deporte, al que no me hubiese acercado jamás de ninguna otra manera. Wisemann filma la cotidianeidad del Lord’s Gym en Austin, Texas, un club y gimnasio de boxeo fundado hace casi 20 años por un veterano profesional de este deporte, Richard Lord. En él no se reúnen sólo los chicos malos del barrio sino que se mezclan con toda una multitud inimaginable procedente de todas las clases sociales y económicas, un multimillonario de internet, un ama de casa, una madre con su bebé, aspirantes a profesionales o universitarios que comparten su afición y los retazos de su vida entre compañeros de deporte. El magistral Wisemann ha conseguido rizar el rizo hasta obtener una banda sonora excepcional a base de ruidos de golpe, campanas de torneo y la respiración de los socios del Club.

Sigue sin gustarme el boxeo, y no creo que llegue a asistir en mi vida a un combate, pero mi mirada sobre este particular mundo ha cambiado gracias a este fabuloso documental. Un trabajo que confirma que inmovilizarse frente a un prejuicio es otra forma de ignorancia. Gracias Wisemann, esperamos tu próximo documental, el número 37, con la misma impaciencia de siempre.

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