Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin), Reino Unido 2011

Tras un éxito internacional con su séptima novela, que retoma una de las formas más antiguas de la literatura, la forma epistolar, su autora, Lionel Shriver, y también los espectadores no podían haber imaginado una mejor elección para encarnar a esta madre sumida en la duda y la culpabilidad frente a un hijo que transforma su vida en un calvario. Tilda Swinton, una de las mejores actrices internacionales, cautiva por una masiva e intensa interpretación que hipnotiza desde la primera secuencia y que ya se ha visto recompensada por galardones como el de mejor actriz europea del año.
Qué mejor manera de comenzar la película que con el tono que su directora, Lynne Ramsay, ha querido imprimir a este descenso a los infiernos de la maternidad. Bañada en el intenso color rojo de la fiesta de la Tomatina nacional, Tida Swinton se ve arrastrada por miles de brazos que no le dejan tocar el suelo y con la mirada perdida en el vacío, estos primeros planos anuncian que pasará las noches en un blanco rojizo y que su futuro promete tintes de sangre.

La directora ha concebido la historia en dos partes diferenciadas por su tratamiento. En la primera mitad de la película los planos y las secuencias se mezclan, aparentemente sin sentido, volviendo al pasado y proyectándose al futuro. Una manera de mostrar la pérdida de referencias de una madre sobrepasada por las circunstancias y que, más que inquietar al espectador, lo aturde por un exceso de ejercicios de estilo “contemporáneos”. El problema es que para arriesgarse en construcciones de este tipo y salir airoso hay que tener el talento de un William S. Burroughs, en literatura, o de un Jacques Tati, en cine.

Por suerte, en la segunda parte, Lynne Ramsay decide cambiar las “moderneces mal entendidas” (aunque sigue insistiendo en el rojo, por si algún despistado todavía no ha captado la decimosexta utilización de la metáfora) por un discurso más inteligible y permite disfrutar de este triangulo diabólico.

Un marido que no quiere ver, John C. Reilly a la altura de las circunstancias, un hijo que las trae, Ezra Miller contenido y nada histriónico, y una pobre madre, que lo único que le gustaría hacer es salir pitando de este “hogar -nada dulce- hogar” transforman la última media hora de la película en una lección magistral de interpretación, próxima de una tragedia griega pero absolutamente actual.

Sí, tenemos que ver a Kevin, pese a sus defectos, porque Tilda Swinton hace que todo lo que emprenda se contagie de su personalidad. Prueba de ello es que cualquier visitante de la Villa Necci Campiglio de Milán, recientemente abierta al público y escenario de la espléndida Yo soy el amor, no puede evitar esperar que tras una de sus puertas aparezca la actriz, de un momento a otro, para recibirle. De sueños también se vive.

Bonsái, Chile 2011

“Al final de la película, Emilia muere y Julio se queda solo”. Antes de provocar la sublevación de los lectores y el asesinato de este pobre transmisor de imágenes, justifico este inicio de artículo basándome en la misma audacia que utiliza el director de esta segunda película, Cristian Jiménez. Son las primeras palabras que escuchamos de esta historia, voz en off, creando un intenso sentimiento asesino en el espectador (es para matarlo, ¿cómo me puede destripar así la peli?, de verdad, lo mato…).

Y sin embargo, estos tres primeros segundos son tan sorprendentes, justos  y equilibrados como el resto de la película. Para alguien como Julio, el protagonista que ha hecho de la mentira una forma de vida, queda la esperanza de que también la afirmación inicial se trate de otra mentira más. Al fin y al cabo y posiblemente por un sentido de contradicción, el público detesta el final feliz cuando es previsible y lo adora cuando surge de manera inesperada pero bien justificada.

No se trata de un proceso patológico o perverso sino de una metodología que pretende una defensa personal. Julio, encarnado por el actor Daniel Noguera que se pega a su personalidad como si fuera su vida en ello, miente para poder despertar interés en las personas que le rodean y, así, vencer su natural timidez e inexistente autoestima. En realidad sus piadosas mentiras comienzan cuando en la facultad el catedrático pregunta quién ha leído a Proust. Un inesperado impulso le hace levantar la mano y comprarse de inmediato los siete tomos de En busca del tiempo perdido para su urgente lectura en la playa: actividad que le dejará marcado (solamente por descubrir de qué manera, la película merece la pena). Pero además esta insignificante mentira le proporciona su primera aventura amorosa.

Ocho años después Julio sigue mintiendo para hacerse más interesante frente a su nueva conquista amorosa, su vecina de enfrente. De nuevo una verdad a medias le impulsa a lanzarse a la escritura y crear una novela que se supone que, en realidad, sólo está transcribiendo. Entre su amor del pasado y su relación actual, interpretadas por dos actrices como la copa de un pino, Natalia Galgani y Gabriela Arancibia, flotarán en el presente de un protagonista que añorándolo vuelve a ver al pasado cruzarse en su camino.

Magistralmente adaptada de la novela corta de Alejandro Zambra, la película tiene el encanto de un trabajo exquisito, bien filmado y mejor interpretado, lleno de poesía, sentido del humor, capacidad de derrisión e ironía y que confirma que una pequeña historia se engrandece en las manos de directores con tanto talento como Cristian Jiménez. Tras este excelente bonsái queremos ver cuanto antes un árbol de tamaño natural.

Drive, EE.UU. 2011

Acostumbrado a sus papeles en lo mejor del cine periférico actual e imprimiendo su sello de calidez a proyectos honestamente independientes, pocos recuerdan que, incluso este formidable actor, tiene un pasado. Ryan Gosling nació en Canadá en 1980, junto al lago Ontario, pero sus tranquilas aguas no lograron calmaron la hiperactividad, diagnosticada por el médico local, del joven. Su madre, desesperada, decide que el teatro y la música podrían apaciguar a su inquieto vástago.

En 1992 logra acceder al Mickey Mouse Club, show de variedades estadounidense donde han debutado artistas como Christina Aguilera, Justin Timberlake o Britney Spears. Con este inicio su carrera artística no prometía un acceso directo al Oscar. Sobre todo porque en medio de este ambiente preadolescente, Ryan consigue llamar la atención, provocando un sonado escándalo, cuando la prensa descubre que el precoz artista de 12 añitos había mostrado su vasta cultura en materia de posiciones sexuales ante sus compis. Su carrera no mejora durante esos años y en 1997 decide instalarse en Nueva Zelanda e interpretar en una serie al joven Hércules.

Y cuando todo el mundo esperaba de él que siguiese interpretando papeles de adolescentes o jóvenes deportistas repletos de buenos sentimientos, Ryan Gosling acepta el alucinante personaje de El creyente (2001) de Henry Bean: un neo-nazi judio interpretado con tal convicción que su madre salió del cine en mitad de la proyección, avergonzada, de las tendencias fascistas de su hijo.

Estos últimos diez años han conseguido hacer olvidar su pasado en el Mickey Mouse Club. El actor se ha especializado en personajes dramáticos hasta llegar a la nominación al Oscar como mejor actor por Half Nelson (2006) de Ryan Fleck. Desde ahí todo es un camino de rosas. Tiene un  grupo de música Dead Man’s Bones y va a publicar un álbum. Con Crazy, stupid, love (2011) se estrena en la gran comedia y Drive (2010) le confirma como imprescindible en el drama negro.

Esta película es el último trabajo del excelente director danés, Nicolas Winding Refn, tras su alucinante y alucinada trilogía sobre la mafia Pusher (1996-2005), Bronson (2008), su sorprendente retrato del criminal más adulado en el Reino Unido y Valhalla Rising (2009), la flipante odisea de un guerrero tuerto y silencioso, una especie de viaje al corazón de las tinieblas de la época de las cruzadas en Europa del Norte.

El primer encuentro entre éste y el actor fue un desastre. Aunque el director le ignoró durante todo la cena, Ryan Gosling le propuso al salir del restaurante acompañarle a Santa Mónica,  a una hora y media de viaje. Como el director tampoco no soltaba prenda en el coche, el actor decidió que lo mejor era poner un poco de música, REO Speedwagon, de los años 80. Minutos después escucha a Nicolas Winding Refn, llorando como una Magdalena (en definitiva este chico hace llorar a todo el mundo) cantar a pleno pulmón: I can’t fight this feeling any more. En ese momento el director supo que harían el film juntos y que, por fin, había encontrado al actor ideal para interpretar su adaptación de la novela negrísima de James Sallis.

A primera vista la trayectoria de este especialista en películas de acción, de día, y conductor de ladrones, de noche, se transforma, gracias a la magia de Winding Refn en su primer trabajo americano, en una potente reflexión sobre la condición humana. Frente a su fácil y evidente clasificación dentro del cine de acción y coches, reivindico su extremo y penetrante fondo filosófico.

El director divide su film en dos partes. La primera, alejada de su rudeza visual a la que nos tiene acostumbrados, es prácticamente una comedia romántica. Tras una escena inicial de 5 minutos de asalto al banco (que en si misma ya merecía el premio al mejor director en Cannes 2011) nos presenta a este hombre tranquilo, sin pasado, sereno y callado y su  encuentro con su vecina y su hijo, flechazo inmediato y posibilidad de alcanzar, por fin, un futuro.

Una hora después, el director nos lleva al horror de la avaricia sin límites para adentrarse en los engranajes de una mafia animal. Almas sensibles sufrirán lo suyo frente a una última parte que literalmente explota cuerpos y almas salpicando su chamarra inspirada en Scorpio Rising de Kenneth Anger.

Pero en realidad lo que motiva al protagonista es la búsqueda de identidad y cómo conseguir dotar a su cuerpo de una condición humana. No son simples coincidencias que el mejor momento que viva este personaje sea cuando conduce, acompañado de su vecina (Carey Mulligan) y su hijo, por el cauce asfaltado del río seco que atraviesa Los Ángeles y que parece una escena “copiar y pegar” de Terminator 2 (de nuevo, un hombre deshumanizado), o que casi al final de este recorrido sangriento y doloroso se escuche la letra de una canción de College, “a real humain being and a real hero”.

Hace tiempo un genio aportó otra interpretación al célebre monólogo de Hamlet de Shakespeare. La más fiel al sentimiento de este atormentado personaje. “¡Ser, o no ser, es la cuestión! ¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?” En realidad debería comprenderse de otra manera. “Ser o no. SER ES LA CUESTION”. Aunque parezca que sólo se trata de puntuación distinta, esta nueva forma de entender la frase cambia todo su significado. Ese genio era Orson Welles y este conductor pretende responder a la pregunta, que nos atormenta, desde que el hombre ambiciona ser algo más que un mamífero.

Submarine, Reino Unido 2010

La ópera prima del director Richard Ayoade es una de las películas que más se ha paseado por la selección oficial de los festivales internacionales: Sundance, Toronto, Berlin y Londres. Y con el debido mérito: el film es irónicamente británico, pop hasta la médula (los fundidos, en vez de en negro, son en azul o en rojo), los personajes inusuales, las referencias estilísticas a las técnicas de la nouvelle vague (la omnipresente narración que acompaña a los protagonistas), la fotografía inspirada en los trabajos de Néstor Almendros y la solidez de una buena historia, basada en la novela del mismo título, de Joe Dunthorne.

El protagonista Oliver Tate, interpretado por Craig Roberts, es un adolescente de 15 años hipersensible y extremadamente lúcido que analiza, a la vez que imagina, los comportamientos de su familia, sus compañeros de instituto o las sensaciones de una edad ingrata y en plena transformación. En la mayoría de los casos, los guionistas de este tipo de historias tienden a subrayar ciertos aspectos de la personalidad del personaje principal, ya sea hacia lo positivo o lo negativo de su carácter. En este caso, lo que encandila de Oliver es que puede ser tan ingenuo como iluminado en sus reflexiones y tan amable como despreciable en sus comportamientos.

Su “medio” novia (y, por si fuera poco, primer amor) es un personaje hiperbólico a la altura del protagonista y sus padres, con la genial Sally Hawkins de Made in Dagenham, confirman la sabiduría del refrán “de tal palo, tal astilla”.

El film contiene además un importantísimo ingrediente que capta la simpatía del espectador. La tendencia actual del cien invisible es la crisis, la enfermedad o la pérdida de los seres queridos, o literalmente, el fin del universo, por ello la aparición en pantalla de una comedia es un hecho tan inhabitual que de inmediato acapara la atención.

Confirmando el buen momento de la comedia negra británica, Richard Ayoade consigue una primera obra surrealista, con grandes momentos de humor, personajes delirantes (el gurú new age, antiguo novio de la madre del protagonista, que no aparecía en el novela, es sencillamente demoledor), una estética, a veces, psicodélica que le va de maravilla a la historia principal y una elaborada y excelente banda sonora que transforma ciertas escenas en secuencias de video clip pero también ilumina verdaderos instantes de puro cine de este Harry Potter contra la vida misma (1ª y última parte).

Infiltración (Hitganvut Yechidim), Israel 2011

Años después de la creación del estado de Israel, en el verano de 1956, un campamento acoge a sus nuevos reclutas. Un entrenamiento de tres meses para convertir a estos jóvenes de 18 años en futuros defensores de su país. Pero estos reclutas saben que no llegarán jamás a enfrentarse directamente con los enemigos de Israel, todos padecen problemas físicos o psíquicos, insignificantes en la vida de civil, pero que en el espacio militar les condena a acabar en las oficinas o en puestos de mantenimiento, alejados de las trincheras.

Adaptada de la novela de Yehoshua Kenaz, esta historia, divertida por momentos, trágica en ocasiones, y tan evidentemente surrealista como el absurdo juego de la guerra, radiografía a esta grupo de novatos más preocupados por el amor, el paquete de comida de sus madres, que van a recibir en breve, o por la proximidad de un permiso que les permita lucir su uniforme en las calles de una nación “fundada sobre el mito de la guerra”, según su director.

Dover Kosashvili, nacido en Georgia pero que ha realizado sus estudios y vive desde hace tiempo en Israel, realiza su cuarto largometraje sobre este particular universo de un campo de entrenamiento militar. Como en todo espacio cerrado, la convivencia entre personas de orígenes diferentes, medios sociales distintos y ambiciones diversas puede resultar explosiva y en ella pueden estallar en muy poco tiempo todo tipo de conflictos, enfrentamientos o alianzas, dignas de un fresco histórico.

La situación, un entrenamiento militar para civiles que jamás serán soldados, es perfecta para demostrar la infame maquinaria del simulacro de la guerra, de la obediencia debida, del ejercicio de la autoridad y de todos los mecanismos híbridos de una experiencia en que no existe igualdad ni libertad y en la que la justicia depende del estado de humor del superior jerárquico.

Esta infiltración no llega al campo enemigo. Es sencillamente un intento desesperado de cruzar la línea de defensa civil, en la que puedes  justificar tu condición de ciudadano integrado en la sociedad, no por la posibilidad de construir algo sino por la capacidad de destruir a alguien. Una meta, sin final, que no todos alcanzarán.

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