Tatsumi, Singapur 2011

Si existe un género cinematográfico, previsible en su forma narrativa, sin duda alguna el mérito se lo lleva la biografía de personajes célebres. Salir de la típica estructura, infancia o juventud, madurez y logros obtenidos, parece un formato del que pocos cineastas logran escapar.

A veces aparecen estrellas fugaces en el biopic, verdaderas obras maestras, como la sublime I´m not there (2007), sobre Bob Dylan, de la mano de uno de los más clarividentes del cine actual, Todd Haynes (todavía tengo en mente la sublime escena de su último trabajo, el monumento de mini serie, Mildred Pierce, y Guy Pearce susurrando a la espalda de Kate Winslet: Ha llegado el despertar… y Dios, cómo ha sido).

Por esta razón la película del realizador, Eric Khoo, constituye un verdadero acontecimiento. Tras leer la autobiografía, Una vida a la deriva, del célebre creador de los gekiga, mangas para adultos, Yoshihiro Tatsumi, supo claramente que el film incluiría algunas de sus historias cortas de ficción y que el autor serviría de narrador entre ellas. El resultado es apasionante, de una dureza próxima al realismo italiano de las primeras obras de Rossellini y un tratamiento del color, sobre todo del rojo, digno de Tarantino.

Las cinco historietas que componen el film y van creando un retrato psicológico y humano del dibujante no tienen desperdicio. Si Monkey mon amour, Sólo un hombre y Ocupado, verdaderos descensos infernales con fondo de angustia vital, se ocupan de analizar la autoestima de los seres humanos y la posición del individuo en la sociedad japonesa, más dada a tomar como referencia a la colectividad; la última historia, Good bye, con acentos de tragedia griega, finaliza la película dejando a los espectadores inmóviles en su asiento y confirmando que aunque se trata de animación, en ningún caso, es para niños.

Pero si el film finaliza con esa traca de emoción, quizás, mi preferida sea la que abre la película, El infierno. Un fotógrafo que erra entre las ruinas, aún humeantes, de la ciudad de Hiroshima, descubre una imagen, la de un hijo masajeando los hombros de su cansada madre, que el calor de la bomba atómica ha imprimido sobre un muro. La fotografía le llevará a la fama y a la absoluta adoración de estas víctimas, destruidas por el odio supremo en el momento de pleno amor filial. Pero la verdad no tardará en aparecer y en transformar totalmente el sentido de lo que el ingenuo joven había creado fotografiar.

Un sublime discurso sobre el conocimiento, que soló puede darse ante una situación estable y fija. En la vida, las cosas sometidas a un continuo e incesante movimiento, son más el reflejo de una apariencia, mera ilusión, que la verdadera realidad aunque esto ya lo había dicho hace tiempo Platón, ¿o era Yoshihiro Tatsumi?

Hara-kiri: Death of a Samurai (Ichimei), Japón 2011

La magia del cine nos lleva a descubrir las mayores sorpresas en los lugares más inesperados. Partiendo de un género especialmente codificado, el chambara o cine de samuráis, y al tratarse de un remake de la película de Masaki Kobayashi en 1962 del mismo título, el excelente Takashi Miike tenía pocas posibilidades de sorprender al público. Sin embargo, la magia ha vuelto a producirse. El director ha conseguido que su película sea seleccionada en los festivales de Cannes y Sitges, presentando la película más acorde con los tiempos actuales, y por tanto más contemporánea, con un relato del siglo XVII en el Japón medieval.

Aviso a los navegantes: los amantes de este género verán sus expectativas defraudadas, los combates entre samuráis, su ingrediente principal, se ve reducido a su mínima esencia. De 125 minutos de su metraje sólo 5 se consagran al duelo final, eso sí, espectacular e inhabitual. Takashi Miike se sirve de este formato para hablar de otros temas, la película está más próxima de lo último de Polanski que de una sucesión de luchas con espadas.

De la indignación…

Los tiempos de paz han llegado al Japón y un sinfín de samuráis, hasta entonces al servicio de las guerras de los señores feudales, se encuentran de la noche a la mañana de patitas en la calle, sin trabajo y en la más absoluta miseria. Desesperados ante tal situación, algunos se presentan en los jardines de las grandes familias para solicitar el permiso de practicarse el hara-kiri, única forma morir dignamente según su código de honor, en espera de que el señor se apiade de ellos y los contrate o les den algunas monedas. Práctica que en su tiempo se llamaba el “hara-kiri de pantomima”.

…a la ocupación.

La sublime película, con una fotografía que corta el aliento mediante una puesta en escena sutil y refinada, comienza con un samurái, que ocupa el jardín del clan Ii, pidiendo realizar un ritual de suicidio en la residencia del clan li. El director del clan, harto de estos falsos hara-kiris, le narra, en la primera parte del film, la reciente historia de un joven que solicitó lo mismo días antes y que, sin ningún tipo de piedad ante la demanda de dinero para su esposa e hijo enfermos, le obligan a suicidarse en condiciones especialmente macabras. En la segunda parte, el samurái le solicita, antes de proceder al ritual, que le permita contarle la historia de la relación que existía entre aquel joven y él.

Una cosa es el argumento de una película y otra, muy diferente, es el verdadero tema del que trata el film. Takashi Miike, con unos excelentes actores, Ebizô Ichikawa, Eita o Koji Yakusho, ha sabido anclar magistralmente su trabajo en una perfecta descripción de la actualidad. Un año que comenzó con la indignación de los países árabes, pasando por Madrid, y que se acaba con la ocupación de Wall Street en Nueva York.

Y el director va aún más allá al final de la película (¿profecía o aviso?) en un combate desigual, en número y en recursos (no se puede decir más, tienes que verla) como si quisiera decirnos: o encontramos un medio de entendernos, o esto va a acabar mal, pero que muy mal. Para todos. El tiempo otorgará a este film el valor que los festivales, injustamente, no le han atribuido. El análisis más lúcido de la realidad actual. Bravo.

Mundane History (Jao nok krajok), Tailandia 2009

Llevo dos días en que esta película me ronda por la cabeza. Sé que esconde muchos secretos y que sus imágenes, en apariencia inocentes, dicen más de lo que se percibe (en muchos de sus planos la mitad está vacía como si el espectador pudiese completarlos con sus referencias) pero como mis conocimientos sobre la cultura tailandesa se reducen a lo mínimo, siendo muy generoso, tengo la sensación de que me he perdido la mitad de su contenido. Me pasa lo mismo que con Apichatpong Weerasethakul, no entiendo nada pero su universo me hipnotiza.

Un enfermero se encarga de cuidar a un joven inválido en su casa. Sus relaciones, al principio son muy distantes, tanto como las del joven con su padre al que no le dirige la palabra. Como en la célebre serie Arriba y abajo, en esta casa también hay varias personas que se encargan de servir a la familia. El enfermero encuentra que sus habitantes no tienen alma y la cocinera atribuye todo lo que ha ocurrido al mal karma de la familia.

Una libertad total de tono en la narración, saltos en el tiempo sin mayor explicación, el recurso a la cosmología física (la creación del universo y la teoría del Big Bang) admirado en un museo de las ciencias para enlazar o explicar la historia personal (que tiene el mérito de ser la primera directora que recurre a estas imágenes en lo que parece ser la última moda cinematográfica, Terrence Malick o Lars Von Trier), una escena en una bañera delicada y profundamente triste, raramente vista en el cine asiático, y que la he valido una prohibición en su país para menores de 20 años, o sus inquietantes imágenes de 4 compartimentos estancos dignos de una exposición de arte contemporáneo, hacen de esta película la apuesta más inclasificable e interesante de la selección oficial de la edicción 2011 del Festival 4+1.

Anocha Suwichakornpong, du directora, tras varios cortos debutó en 2009 con este largometraje que también había escrito y que se llevó el Premio Tiger del Festival de Rotterdam. Sus infinitas posibilidades de interpretación, sus planos e imágenes sugestivas y un gran sentido estético hacen de esta joven directora una de las promesas del última cine tailandés. Un nuevo tipo de películas, más próximas al arte que a la ficción  narrativa, que se podría exhibir tanto en una sala de cine como en un museo.

I Saw The Devil (Akmareul Boatda), Corea del Sur 2010

A través del parabrisas la nieve sigue cayendo en una noche cerrada. Una suave música acompaña la ruta. Sólo se percibe un retrovisor, adornado con alas de ángel en cada uno de sus extremos, unas curvas suaves y la velocidad prudente del vehículo.

En una de las intersecciones está estacionado un coche blanco. En su interior una joven habla por teléfono con su marido. Bromean, se cuentan cómo han pasado la jornada y la chica le comenta que ha tenido un pinchazo y que espera la asistencia de un garaje, no muy alejado del lugar. Su marido, aunque está trabajando, se ausenta un momento en los servicios para cantarle su canción preferida y prometerle que no esta noche no llegará tarde.

La joven le comenta que una furgoneta ha parado junto a ella. Durante unos segundos nadie baja del vehículo. Su marido le pide que no abra la puerta. Un hombre se acerca y le pregunta amablemente si necesita ayuda. Ella le dice a su marido que espero un momento. Abre unos centímetros la ventana y tras la insistencia, agradeciendo la ayuda del extraño, le confirma que prefiere esperar a la grúa. El hombre se aleja y la joven le comenta a su marido que se trata de un autobús escolar. La nieve va cubriendo de un blanco inmaculado todo el arcén.

La pareja sigue conversando para matar el tiempo de espera. El autobús sigue sin moverse. La mujer sube la temperatura de la calefacción y mientras habla, intenta adivinar por qué sigue ahí. La respuesta no tarda en llegar. El hombre, martillo en mano, rompe la ventana y la comunicación telefónica se corta, al rodar el teléfono por el suelo.

Estos son los 2 primeros minutos de la escena inicial de esta intensa e impactante película de 2 horas y 22 minutos. Un magnífico film, que no deja respiro ni un solo segundo al espectador, de esta particular lucha sin fin entre dos hombres roídos por la venganza y la maldad.

Kim Jee-woon, el director, ha conseguido un reparto a la altura de las circunstancias: Lee Byung-Hun, en el papel de marido cegado por la furia, y Choi Min-sik, en el de asesino sin piedad. El protagonista decide vengar el asesinato de su mujer torturándole hasta que no pueda más. Le perseguirá, mutilará y le liberará, para aparecer cuando menos se lo espere, para volver a iniciar la tortura… hasta lo inevitable, pero con el mayor sufrimiento posible.

Con este argumento la visión de esta película no podía estar destinada para todos los públicos. Las almas sensibles no podrán resistir ciertos momentos de una violencia extrema sin cerrar los ojos. Pero estos excesos no deben ocultar un film de un ritmo endiablado, una narración trepidante, una excelente interpretación, unos brotes de ironía que son muy de agradecer, un universo visual hipnótico y una interesante reflexión sobre la venganza. A fuerza de frotarse contra la maldad puede que caigamos en ella (inicia el film una excelente cita de Nietzsche) y al final de esta excelente película, más de uno se preguntará, quién de los dos protagonistas es el diablo al que se refiere el título.

The Yellow Sea (Hwanghae), Corea del Sur 2010

Éxtasis total ante todos los excesos de este film. De duración con sus casi dos horas y media, de rodaje con sus 10 meses, de escenas, unas 250, y planos, 5000 (una película de este metraje habitualmente contiene la mitad), de la espectacularidad de sus persecución central (150 técnicos, 13 cámaras en acción, 50 coches utilizados y 20 destruidos al rodar la escena) y, sobre todo, de la colección de cuchillos usados que haría palidecer de envidia la cocina del personaje de Marisa Paredes en La piel que habito (2011). Con la diferencia de que aquí se utilizan todos y no precisamente para preparar el gazpacho, aunque el resultado final tenga el mismo color.

El segundo film del coreano Hong-jin Na, presente en Cannes 2011, sobrepasa todas las expectativas. Una dirección magistral, un guión trabajado como una novela con sus capítulos y epílogo y, ante todo, un sentido del ritmo, de la espectacularidad, de la narración y de la composición visual que recuerda los mejores momentos de John Woo, Johnnie To y Quentin Tarantino tras una sobredosis de tortilla de patatas y hongos alucinógenos. Por supuesto, dado su carácter adictivo, habrá remake americano y segunda parte, como mínimo.

Un cine del género de acción que renace y sustituye las armas de fuego por la opción machete, cuchillo o hacha, más práctica, más rápida, más sangrienta y con la ventaja de estar siempre al alcance de la mano.

Mención especial merecen los dos actores principales: Jung-woo Ha y Yun-seok Kim que se han preparado, física y mentalmente, de tal manera sus personajes que logran hacer olvidar lo tópico del bueno y el malo de los films de acción. Y también el encargado del montaje, Sun-min Kim, tan inspirado como en sus trabajos anteriores con Joon-ho Bong, Memories of Murder (2003) y The Host (2006).

En la provincia china de Yanji, situada entre Rusia y Corea del Norte, viven los denominados “Joseon-Jok”, unas 800.000 personas condenadas a la miseria y a sobrevivir a base de trapicheos ilegales. El protagonista, un chófer acosado por sus deudores, decide aceptar un trabajo muy especial para poder encontrar a su mujer que ha emigrado para ganar un poco de dinero. ¿Quién decía que el cine de acción no podía ser político? El encargo se las trae: asesinar a un desconocido. Pero desde Hitchcock el público sabe que matar no es nada fácil y desde Hong-jin Na yo observo mi cuchillo jamonero desde otra perspectiva.

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