Weekend, Reino Unido 2011


Tengo la sensación de haber asistido a algo tan intenso y privado que no distingo claramente entre si se trata de una película o me lo acaba de contar un amigo en una total intimidad. Busco entre los bolsillos la entrada y confirmo que era una obra de ficción. Unas imágenes que parecen haberse grabado en la retina, unos actores que podrían ser los personajes reales y unos diálogos, tan reales, que podía haberlos escuchado en cualquier terraza. Tres características que definen el mejor cine inglés: sinceridad, realismo e intensidad.

El esquema es el mismo desde el inicio de los tiempos: encuentro, separación y ¿reencuentro? de dos personas, salvo dos pequeñas diferencias, que no restan ni intensidad ni emoción a la historia, la pareja está compuesta por dos hombres y el tiempo se reduce a 48 horas de un fin de semana. En una sociedad que nos ha inculcado la idea de unos recursos ilimitados, del tipo que sea, y el derecho a disponer de ellos sin mesura, el futuro de una relación actual se gestiona, cada vez con más frecuencia, en base a la técnica del speed dating (cita cronometrada), en que en 8 minutos o menos se decide tipo, calidad y posibilidad del otro. Finalizado este tiempo, pasamos al siguiente candidato. (Ni el futuro de Blade Runner resultaba tan aséptico, deshumanizado y glacial).

Un encuentro en un discoteca, una relación con fecha de caducidad en una noche sin fin, dos personalidades diferentes y un idéntico deseo. La noche, aunque prometía no finalizar, acaba por caer rendida y, en lugar de un adiós mañanero, se intercambian las primeras confesiones. Peligro, se ha abierto la caja de Pandora, y de ella empiezan a salir más vientos que los esperados. De ahí, hasta la palabra que cierra la película, week end, me ocurre lo mismo que con los fines de semana, no quiere que acaben nunca.

Aquí hay gato encerrado. Con la sublime intimidad de un Ingmar Bergman, la aparente facilidad e intensidad de los diálogos de Wajdi Mouawad y la desinhibición de un Kenneth Anger, me pregunto de dónde ha salido esta joya. Búsqueda inmediata y solución al enigma: Andrew Haigh, su director, firma aquí una segunda película (deberes para hacer: encontrar lo antes posible la primera) y además ha trabajado con Ridley Scott, como montador de dos de su películas (Gladiator y Black Hawk derribado).

Una película tan inteligente como sabia o intensa como tierna, rodada en sólo dos semanas cronológicamente (origen de la tensión que, quizás, esta manera de filmar haya logrado aportarle), en los lugares menos glamurosos de Nottingham, con dos intérpretes excepcionales, Tom Cullen y Chris New, que parece inspirada por una frase de Evelyn Waugh: conocer y amar a otro ser humano es la base de toda sabiduría.

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