Alps, Grecia 2011


Si desde siempre han existido películas terribles con finales abiertos, Giorgos Lanthimos, unos de los más excitantes directores europeos, ha creado un nuevo género: los finales terribles en películas totalmente abiertas. Si en Canino el impresionante plano final no permitía el mínimo atisbo de esperanza, la versión pop de la canción Palomitas de maíz me ha producido más pesadillas que la lista de las compras de Hannibal Lecter.  Si otro aventajado director europeo, Michael Haneke, parte siempre de que todos los personajes de sus historias son culpables de algo, en el caso de Giorgos Lanthimos los suyos, al menos, en su mayoría son todos víctimas: de la soledad, del miedo o de la presión social y económica.

En las películas de este griego genial todo depende del “si” condicional, el director propone una fina malla y el espectador va rellenando los huecos. Esta construcción común es lo que hace tan atractivas las historias de Lanthimos. El director no cierra ni planos ni motivaciones ni consecuencias, abre las posibilidades, asume la condición absurda de la vida (no sé porque el público se retiene tanto en su películas que son, por momentos, tronchantes) y se arriesga íntegramente en triple salto mortal sin red (en el camino algunos espectadores caerán en un profundo sueño reparador, otros nos elevaremos al séptimo cielo y el resto se preguntará durante tres semanas de qué iba la peli).

Versión cine de aventuras: el equipo A de los sentimientos se prepara para su nueva misión, remplazar la ausencia que dejan los seres queridos, intentando suplantarlos por momentos, a cambio de una retribución, en una Europa que ha perdido el norte y en la que el sur está en bancarrota. Nada frenará el coraje de nuestros cuatro protagonistas pero su ardor llegará a tal extremo, que alguna acabará por traspasar los límites de su prestación.

Versión cine fantástico: el Matrix de la individualidad. En un país en que cada día desaparece una porción de bienestar lo único que queda es el ser humano. ¿Pero cómo actuar cuando también el individuo desaparece? Convertirlo en una mercancía más, subastar sus sentimientos, reflejar la imagen que nos ha dejado, monetizar la ausencia hasta convertirlo en un valor más. Todo tiene un precio y siempre hay alguien dispuesto a pagarlo en este territorio en que la sanidad va cuesta abajo y los individuos intentan defender su personalidad frente a una autoridad que cambia constantemente las reglas (sólo Stanley Kubrick hubiese sido capaz de rodar una escena como la del bolo en el gimnasio).

Versión política: Qué verde era mi Europa… Podemos continuar así durante días porque Giorgos Lanthimos, acompañado de la excelente actriz de Attenberg, Ariane Labed, ha creado un guión extraordinario, premiado en Venecia, y una historia que no dejará indiferente porque dice demasiado y, peor aún, muestra lo que no queremos ver. La mejor será la versión del espectador, la que cada uno construirá al enfrentarse a este espejo, no tan deformado, de nuestra realidad futura que esperemos no se haga presente.

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