Asalto al Cine, México 2010


Iria Gómez Concheiro, en su intensa ópera prima, no olvida los clásicos para retratar la actualidad, en un guiño más filosófico que estético. Un trío de adolescentes vagan, acompañados por su particular Milady, por los arrabales de México Distrito Federal, y su tradicional divisa “Uno para Todos, Todos para Uno” se ha convertido en “Uno contra Todos, Todos contra Uno”, en un territorio bajo un permanente e ineficaz control policial.

La primera imagen destinada a crear el entretenimiento mayoritario del público, durante décadas, fue la del ladrón del primer western de la historia, El gran Robo al Tren (1903), que apuntaba con su pistola directamente al público. Este plano medio se ha repetido al infinito en el cine para asustar al espectador (en las primeras proyecciones muchos espectadores salían corriendo de la sala), hoy, acostumbrados a los telediarios, ni cambiamos de postura en la butaca.

Estos jóvenes han decidido poner en práctica los valores que la sociedad les ha transmitido, el enriquecimiento rápido. Qué mejor idea que atracar un cine. Porque, al fin y al cabo, quién es el valiente que consigue convencerles para que se esfuercen en sus estudios y, tras años de esfuerzo, vegeten largo en el tiempo en el paro frente a la estafa masiva realizada por una minoría y que nos ha llevado al caos económico, el chantaje de unos policías –miembros del estados y por tanto de la autoridad, que se quedan con su calderilla, por supuesto no tienen ni un billete, o la prohibición de pintar en las paredes cuando otros que han hecho los mismo son multimillonarios, sus obras expuestas en los museos prestigiosos y subastadas a precios desorbitantes en las mejores salas del mundo.

Es imposible justificar un acto ilegal pero la directora, con su plano del adolescente apuntándonos con el revólver, nos envía una imagen de la parte de culpabilidad de la nosotros somos responsables. A estos olvidados, dignos herederos de Buñuel, que infligen la ley para intentar recuperar el amor de su madre u obtener los favores de la persona deseada, son injustificables pero me conmueven porque me siento, en parte, responsable. Sin embargo, reconozco que los adolescentes de Tilva Roš, en su misma situación y, a través de sus actos violentos, autodestructivos y su comportamiento nihilista, sólo consiguen ponerme de los nervios.

La directora soluciona el dilema con un brillante desenlace. Estos tres mosqueteros mexicanos, imbuidos de una cultura en la que la virilidad tiene una presencia preponderante, reciben una ducha de agua fría que les deja bien calmados. Tanto sus objetos de deseo como su representación de la virilidad, en el caso de uno de ellos la pistola, desaparecerán de sus vidas sin dejar rastro alguno.

En las bobinas del famoso plano del ladrón del tren en 1903 aparecía una nota que dejaba al proyeccionista la posibilidad de incluirlo al principio o al final de la película. Iria Gómez Concheiro es más inteligente, la sitúa en la mitad del film porque deja una bala para el final. La directora dedica la película a su abuela, como Denis Villeneuve lo había hecho en Incendies y que según él son “las únicas que pueden romper la cadena del odio”. Bravo, Iria, estoy deseando ver tu próxima película.

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