Meek´s Cutoff, EE.UU. 2010


Kelly Reichardt nos lanza un desafío con cada una de sus películas. Esta es su quinta realización desde 1994, año en que estrenó River of Grass, y la inteligencia de sus historias, la elegancia de sus imágenes y la perfección de las interpretaciones de sus actores y actrices, la han situado al frente de una nueva generación de cineastas americanos que renuevan géneros, reciclan situaciones y actualizan antiguos formatos.

Esta directora ha decidido adaptar una historia real, basada en unos diarios personales, que narraban la hazaña de unos pioneros americanos. En su tercera colaboración con el imaginativo guionista, Jon Raymond, deja de lado sus relatos personales para escribir una historia totalmente inhabitual, un western protagonizado por una mujer, la sublime, Michelle Williams, en la que no son los hombres quienes conquistan el Oeste sino el territorio quien se impone a ellos.

El western, género creado por este país, comienza como se debe. Una caravana de tres familias avanza a duras penas por el paisaje inhóspito del desierto de Oregón en 1845. Stephen Meek, el guía que debe llevarles a destino, les ha conducido por un atajo (de ahí el título del film) que no tiene final. Este personaje, a contracorriente del estereotipo habitual, cuenta sus batallitas para impresionar al grupo, describe con  todo tipo de detalles la crueldad de los indios y se vanagloria de conocer el terreno como si fuese la palma de su mano.

Pero la realidad es bien distinta y, según pasan los días de una interminable marcha en pleno desierto, el grupo se da cuenta de que se encuentran perdidos en mitad de la nada. El agua empieza a escasear y no hay ningún signo de vida en kilómetros a la redonda. Y en ese momento descubren un indio, su única posibilidad de salir con vida del desierto. La duda se impone entre los miembros del grupo. Dejarse guiar por el indio implica un riesgo: puede que les lleve hasta la tan necesaria agua o, según el trapero Meek, les conduzca hasta su tribu para ser asesinados salvajemente.

La directora en este trabajo magistral ha empleado el formato tradicional del cine mudo de la imagen cuadrada de 1:33 (ya utilizado anteriormente por Anthony Mann o William A. Wellman), en lugar del habitual cinemascope de 2:35, para incrementar la tensión, el suspense y los sorpresas que una imagen panorámica de 20 kilómetros a la redonda impide descubrir.

Al grupo le quedan sólo unos litros más de agua y todos saben que el final, sea el que sea, está próximo. En las paredes de las montañas se perciben dibujos de las tribus indias aunque es imposible adivinar si son recientes o no. Y de pronto, en medio del desierto, un árbol. Un solitario árbol, signo de que el agua puede que esté cerca. Tan cerca que sólo habrá que atravesar, según las indicaciones del indio, una pequeña montaña.

La maestría de la directora se ha superado en esta ocasión. Cada espectador anticipa lo que habrá detrás de esa montaña. Y cada respuesta dice mucho de cada uno de nosotros, de nuestra concepción de la vida y de nuestra consideración del ser humano. Uno de los mejores films de 2010 que, a pesar de su imagen cuadrada, le ha salido a su directora totalmente redondo. ¿Qué habrá detrás? ¿Vida o muerte?

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